Contemplación al atardecer
Contemplaba yo la puesta de sol lejos de la aldea que me vio nacer y me acordaba de las tardes de verano cuando el astro rey nos examinaba a nosotros y nos hacía sudar en aquellos campos con déficit de sombras y donde el cansancio se cansaba de la propia fatiga. Y ahora que ya pasó media vida y aquellas huellas del pasado se hartaron de la espera, mi mente me anuncia que siga observando y meditando antes que esa mente parpadee y me avise que ya queda poco para observar, para recordar y para disfrutar, mientras los lavaderos de esa aldea lisiados esperan a que alguien le alumbre con esa luz angelical de la infancia. ¡Pobres lavaderos! ¡No piden nada! ¡que inocencia la suya!. Y yo los abrazo con la mirada de la distancia, me sereno y mi ternura está erecta mientras la noche me envuelve, me acaricia y yo me acuerdo de los candiles en las cuadras, de las lareiras y de la trepia sobre la cual apoyaba mi padre aquel café quemado por aquel palo negro, tambíen quemado, y hoy ni palo, ni café ni mi padre. Y ese enorme vacío me impregna de nostalgia y esa calma aparente se desvanece y la luz del astro se apaga por anticipado y aquella sombra anhelada de aquellos campos aparece ahora en mi mente, pero se presenta de una manera funestamente lúcida. Y yo camino de vuelta a casa y me distraigo como puedo y me acuesto y me despierto, igual que el sol por la mañana y los dos disolvemos a otro día y vendrán otras sombras, otros recuerdos, y la muerte al acecho contemplará mis miserias. Y ese silencio espeso resbala sobre mí y yo quiero huir para escorarme de la muerte, pero hay presencia de "la jefa" por todos los senderos y yo me arrincono contemplando a las telarañas de esos senderos y mi memoria me convence y me dirige a la pura realidad, a reflexionar desde la distancia a esos paisajes ahogados de soledad y ansiosos de que alguien los rescate. Sentimientos movedizos de un pasado deleitoso, cuando aún se ignoraba a la muerte, cuando el futuro era distante y el amor dormía eternamente y sin él el discurrir de la vida era manso, muy manso diría yo.
